El mundo es un pañuelo. Lo afirma el refranero popular, nuestra particular enciclopedia de bolsillo. En latín la palabra mappa significaba servilleta, toalla o trapo. Así llamaban a la tela rectangular que, en el silencio expectante del circo, daba la señal de salida para las carreras de carros, como si aquellos caballos fueran a galopar por confines y fronteras. Sobre la superficie de esos lienzos, los romanos dibujaban los perfiles del orbe conocido.
Los mapas retratan nuestros mejores y peores rasgos: curiosidad ávida y hambre de descubrimiento, pero también vanidad conflictiva y sed de anexión. Nos fascinan porque cuentan historias y revelan nuestras pasiones. Además, construyen nuestra mirada. Las razones por las que el norte figura arriba no son científicas, sino estratégicas. Lo alto tiene connotaciones positivas, mientras que lo bajo se mira por encima del hombro. Asociamos la pobreza al sur y la prosperidad con países septentrionales. La famosa fotografía de la Tierra que tomó la nave Apollo 17 en 1972 —la canica azul— fue rotada para su publicación, pues ya solo sabemos leer el planeta colocado de esa única forma. Sin embargo, durante siglos el este ocupó habitualmente la posición superior porque la luz surge de oriente, mientras que el norte simbolizaba un territorio de oscuridad: desde entonces, “orientarnos” significa buscar la referencia allá donde nace el día.
Los mapas dicen muchas verdades, pero también mentiras. Son atlas de las mentalidades, miedos y expectativas de las sociedades que los crean. La proyección cartográfica más utilizada todavía hoy, conocida como Mercator, oculta interesadas distorsiones. Los planisferios por los que viajamos con los ojos y navegamos con la punta del dedo dibujan un occidente enorme y central, sobredimensionado en un hemisferio norte que ocupa dos tercios y relega el sur a un diminuto tercio inferior. En un episodio de El ala oeste de la Casa Blanca de 2001, el presidente recibe a varios miembros de una ficticia Organización de Cartógrafos por la Igualdad, que presionan para renovar los mapas escolares. Explican que la Europa de Mercator está representada más grande que Sudamérica, cuando esta última la duplica. Además, Alemania figura en el centro, aunque le correspondería aparecer más al norte. “Un momento”, interrumpe un perplejo Josh Lyman, “¿me está diciendo que Alemania no está donde creíamos?”. La respuesta es lapidaria: “Nada está donde usted cree”.
Desde que empezamos a trazar caminos y geografías sobre servilletas, los seres humanos tendemos a creernos el ombligo del mundo. A lo largo de la historia, personas y pueblos han sufrido este espejismo, impropio de habitantes de un planeta esférico. Según los antiguos griegos, Zeus deseaba saber dónde estaba el centro de la Tierra y, para averiguarlo, soltó dos águilas en los extremos del universo. Inevitablemente, las aves se encontraron en un lugar de Grecia, Delfos, señalado para la posteridad con una piedra ovalada a la que llamaron “ónfalo”, es decir, ombligo. Los chinos de aquel tiempo llamaron a su país Zhonghuó, “reino central”. Unos y otros creían ser el meollo cartográfico del cosmos y la única cultura civilizada. Cada cual se ubica en el epicentro de todo y tal vez por eso el mundo tiene más ombligos que cerebros.
A menudo el delirio megalómano ha cincelado las geografías a golpe de invasión, guerra y sometimiento, en nombre de remotas purezas y naciones triunfantes. La historia prueba, sin embargo, que el pensamiento y la ciencia fluyen en las encrucijadas de poblaciones diversas, en las rutas de viajes, encuentros e intercambios. Aunque la sabiduría arcaica acuñó en Delfos una máxima ensimismada —conócete a ti mismo—, el éxito del oráculo era fundamentalmente cosmopolita: dependía de los relatos y datos que traían sus visitantes de orígenes distantes. Por eso, el dramaturgo Menandro se atrevió a rectificarla: “Es más útil decir: conoce a los otros”. En realidad, aprendemos sobre nosotros mismos cuando nos atrevemos a mirar otros paisajes y escuchar otras voces. Es poco original sentirse únicos: solo los demás nos dicen quiénes somos.
Fuente: El País.
- Comentario lingüístico de texto:
Se trata de un texto argumentativo con lenguaje periodístico que trata de hacer llegar al receptor la opinión del emisor mediante un mensaje utilizando el periódico como canal y un código para ello. Irene Vallejo es una filóloga y escritora muy conocida por obras como El infinito en un junco (2019). Su formación en filología clásica nutre a sus textos de un gran caudal sobre temas y tópicos clásicos, algo que se aprecia dentro del texto. La macroestructura gira entorno a como todas las naciones nos creemos el ombligo del mundo y la incapacidad de conocernos si no es a través de la mirada del otro o de reconocerlo como igual para aprender. Utiliza el concepto ''ombligo del mundo'', que es conocida por todos, para desarrollar su argumentación y llegar a la conclusión final: compartir nos enriquece a todos. De esta forma, nos presenta un texto en contra del racismo y del pensamiento supremacista poniéndonos delante del espejo del mundo clásico.
La microestructura gira entorno a la macroestructura para hacer efectivo el objetivo que tiene la emisora: hacer llegar su texto de opinión utilizando argumentos sólidos para ello. Al ser un texto escrito no se puede realizar un análisis fonético-fonológico, pero utiliza un registro formal y cuidado adaptando de esta forma el texto al ámbito de uso. Desde el nivel morfológico se puede apreciar como hace uso de sustantivos (''mapa'', ''atlas'', ''ombligo''...) y adjetivos valorativos (''''útil'', ''enorme''...) y otros para crear metáforas. También se ve una presencia notable de verbos (''significa'', ''averiguar'', ''atreverse''...) para poder realizar una narración de lo que está contando. Además, comienza el texto utilizando el refranero popular para simplificar la inferencia que tiene que hacer el receptor. Hay tres tiempos verbales que se usan de manera constante: presente (''es'', ''retratan''...), pretérito perfecto compuesto (''han sufrido''...) y pretérito imperfecto (''deseaba''...). La persona verbal más usada es la primera persona del plural, ya que la emisora quiere hacer participe del texto al receptor. Todo esto reafirma el uso del lenguaje periodístico por parte de la autora, puesto que tenemos un receptor colectivo, hay oraciones largas, locuciones verbales y frases explicativas como subordinadas. Algo que queda patente en los rasgos léxico con el uso de neologismo y voces patrimoniales.
El texto posee oraciones simples como subordinadas, aunque sí que posee mayor número de oraciones subordinadas comunes en este tipo de textos. Las principales conexiones léxicas corresponden con el campo temático del ''mapa''. En algunos caso la autora tira por el sentido etimológico de las palabras para añadirlos a este campo semántico a pesar de que su excepción actual tal vez no lo relacione de forma directa. Es así que juega con neologismos (''ónfalos'') como con voces patrimoniales (''ombligo'') para ir generando la argumentación desde ellos. Asimismo, utiliza las relaciones asociativas para hacer llegar su mensaje de forma efectiva (''mapa''-''atlas''-''orientarse'') apelando hasta al significado etimológico de las palabras.
En cuanto a cohesión, los párrafos dos y tres comienzan con la misma estructura: primero da una virtud positiva del mapa y la contrapone a otra negativa. De esta forma hila el texto para que pueda dar pie a explicar sus argumentos. Además, utiliza elementos deícticos (anafóricos sobre todo) de manera que no tenga que caer en redundancias ni en repeticiones innecesarias. Es por ello que utiliza el campo semántico del ''mapa'' como pretexto para desarrollar el contexto intratextual del texto, puesto que las referencias clásicas hace inferir a su obra literaria rica en este tipo de referencias. Es una forma de demostrar como los receptores no están tan lejos, como ellos creen, de ese mundo clásico lleno de mitología y prejuicios. Esta continuidad tan notoria confiera coherencia al texto y facilita las presuposiciones junto a las implicaciones necesarias para llegar al mensaje real que quiere trasmitir la emisora.
La estructura responde al lineal, debido a que se nos presentan ideas unas tras otras enlazas por su significado y terminan en una conclusión. Es así que se puede deducir que la función principal del texto es convencer y que el ámbito de uso puede considerarse el periodístico, pero también podría ser el académico por como trasmite la información. Como argumentación que es vemos como el tema se va desarrollando de tal forma que culmina con una conclusión (''nos conocemos desde el otro'', ''aprendemos del otro'') antirracista. La función apelativa es la que predomina en el texto, pero usa la poética para embellecer el mensaje y hacerlo más atractivo. Igualmente, el principio de autoridad es notorio, puesto que Irene es una filóloga con muy buena reputación dentro del mundo intelectual. Volviendo a su formación clásica, se maneja de forma exquisita en la retórica y oratoria para realizar un texto persuasivo, pero a la vez informativo. El razonamiento es coherente, ya que la estructura del discurso lo es y presenta las ideas bien hilvanadas. La tesis argumentativa es una síntesis inductiva, puesto que primero nos enlaza la historia clásica con sus argumentos hasta llegar a la conclusión que nos quiere presentar.
Se concluye que es un texto argumentativo repleto de lenguaje periodístico que utiliza el campo semántico del ''mapa'' para crear un mensaje antirracista. La emisora se vale de diferentes procesos gramaticales para lograrlo y utilizar la retórica y la oratoria para persuadir al receptor colectivo para quien escribe. De esta manera, adecua el mensaje y el texto al registro que requiere el ámbito de uso como la tipología textual que utiliza para que sea efectivo. En consecuencia, usa elementos populares que hacen inferir al receptor aquello que realmente quiere decir utilizando el conocimiento universal.
Creo que los argumentos que presenta la autora son de peso para concluir que es verdad que solo podemos conocernos a través de la otredad. Los ojos del otro son los que pueden funcionar como un buen espejo y no como uno cóncavo. También me ha recordado a algo que dijo una profesora mía: ''Todo lo que está pasando, ya ha pasado en el mundo clásico''. Y es verdad, los prejuicios y el racismo imperante en la sociedad actual ya estaban presentes en la época helénica y romana. Como es cierto que aprender de otras culturas nos trae avances (véase las aportaciones que ha habido a lo largo de la historia gracias al comercio) y que todos pecamos de egocentrismo.
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